Ser hombres en nuestro tiempo

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Hace unos días, en un debate de televisión, un periodista dijo -refiriéndose y cuestionando a un político que se había emocionado en una rueda de prensa- “Al Congreso se viene ya llorado de casa”. Aprovecho esta anécdota para expresar mi opinión respecto a cómo hacemos los hombres con nuestras emociones y sentimientos: si los expresamos; si está bien hacerlo; si nos lo permitimos; si lo podemos hacer en público; y cómo tratamos a quien lo hace.

 

Aunque pueda parecer fácil ser hombre en nuestro tiempo, en mi opinión no lo es. En general, no sabemos expresar sentimientos y emociones. Me pregunto ¿Lo queremos saber? ¿Se nos ha ocurrido alguna vez pensar que existen otras formas? Hacemos como nos han enseñado, como hemos visto y aprendido, como nos parece más cómodo. Pero ¿Es lo más cómodo?, ¿Es lo correcto?, ¿Hacemos daño a los y las demás?, ¿Nos hacemos daño a nosotros mismos?

 

Los hombres, como todas las personas, vivimos en sociedad en la que se nos han transmitido, generación tras generación, una serie de valores, de formas de hacer y funcionar, de códigos en definitiva que llevamos profundamente arraigados. En ellos parece que está firmemente establecida la creencia de que el hombre debe ser de una determinada manera: fuerte, seguro, valiente, incansable, activo, duro, capaz de soportar lo que le venga... Y a su vez, no debe tener emociones. Y si las tiene no debe expresarlas, mucho menos en público.

 

Estos códigos, que quizás en épocas pasadas sirvieron para asegurar la pervivencia, hoy resultan caducos e innecesarios pero  están presentes en nuestra sociedad, en nuestra forma de vivir, en los convencionalismos, en nuestras normas escritas y no escritas. Y así perviven en nosotros condicionando plenamente nuestra forma de actuar, aunque no seamos conscientes de ello. 

 

Los hombres, para cumplir el estereotipo de fuertes y resistentes, nos hemos puesto una protección a modo de escudo en la creencia de que así nos defendemos de las agresiones externas. Sin embargo esa coraza lo que ha hecho es tapar la expresión de lo que realmente somos no permitiéndonos expresar la sensibilidad, la dulzura, las emociones y sentimientos.  Pues expresar eso nos hace creer que mostrará nuestra debilidad, que nos presentará como frágiles, inseguros, vulnerables. Yo opino que no es así, que justamente esas expresiones, nacidas de lo más profundo de nuestro ser, no muestran debilidad sino fortaleza, no muestran blandura sino flexibilidad y por ello resistencia. Aunque no veamos esa coraza está ahí y en vez de protegernos nos impide la expresión, pudiendo llegar a ser una prisión asfixiante, casi un ataúd.

 

Un ejemplo de código viejo es la violencia que en la historia hemos venido manifestado los hombres. Creo que ya no corresponde, es una falsa creencia, no la necesitamos para subsistir ni para defendernos de los otros. En realidad no es necesario defenderse de nada ni de nadie, basta con ser lo que somos. Si lo hacemos así comenzaremos a no sentirnos agredidos, a ver que las flechas que creíamos venían de fuera nos las lanzamos nosotros mismos. Comprenderemos que la verdadera fortaleza que conlleva el ser hombre es fortaleza de corazón y no de músculo ni de rapidez mental. Comprobaremos que si dejamos que se exprese en nosotros el masculino y el femenino que llevamos dentro, el yan y el yin del que hablan los orientales, nos estaremos permitiendo ser y expresar el hombre que realmente somos, y a relacionarnos con los demás hombres y mujeres en armonía, en paz y libertad, en amor. Comprenderemos que cada vez que un hombre agrede y maltrata a otro o a otra se maltrata a sí mismo. Así funciona el universo. 

 

La tarea de abandonar los viejos códigos no siempre es fácil, pues la fuerza atractiva de la costumbre, del hacer como siempre se ha hecho sin cuestionar el pasado no es fácil de vencer. Además, nunca se ha visto con buenos ojos a quien discrepa. Se le suele mirar con recelo, como un extraño, pudiendo parecer casi sospechoso o  traidor a los principios y tradiciones. 

 

Sin embargo, es hora de que nos abramos a la posibilidad de un cambio, de que permitamos que un gran viento fresco llegue a nosotros arrastrando consigo viejos códigos y también nuestros resentimientos, en vez de guardarlos dentro, fermentando, pudriéndose. Hora de que tomemos una nueva forma de hacer, de tratar, de tratarnos. Un tiempo nuevo donde el grito, la amenaza, el insulto, el golpe y el uso de la fuerza no despierten apoyos o simpatías sino desaprobación. Donde las bromas y comentarios trasnochados no provoquen risa, ni siquiera un leve gesto de complicidad, sino la ocasión para mirar y reflexionar sobre por qué hacemos y decimos eso. Podemos manifestar nuestro desacuerdo con los códigos caducos, el único requisito es hacerlo sin juicio, desde la comprensión y el amor. Con sensibilidad pero a la vez con contundencia.